“Amigos” e imposición de gobernantes durante la Revolución Mexicana

Publicado: enero 5, 2012 en Esas tareas ínfimas

Por: Hugokoatl

Esta tarea fue realizada para la materia de Historia y procesos de comunicación en México II de la carrera en Ciencias de la comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. El texto data de diciembre de 2007.

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Para un país como México en donde la corrupción reina y la violación a la ley es la que manda, no es difícil encontrar datos que comprueben que la ciudadanía no es escuchada. Uno de los periodos de nuestra historia en que este tipo de datos se encuentran con tan sólo “ver bajo la alfombra” es la revolución. Pero cabe aclarar que estos amiguismos no iniciaron en la revolución, sino que también era una de las actividades políticas favoritas de Díaz. Sin embargo, es en la revolución en que esta actividad se acrecentó, y así como cada quien aceptaba al presidente que le convenía, cada presidente elegía a los gobernadores que más le beneficiarían. Sin duda México estaba hundido en el caos gubernamental.

Díaz y sus gobernadores

 

Como ya mencioné anteriormente, Díaz fue un presidente que se dedicó a “ahorrarle” el voto a los ciudadanos y prefería elegir él mismo a los gobernadores. ¿Y que le  trajo esto a México?, un fabuloso atraso, pues era de esperarse que los amigos de Díaz no eran buenos gobernantes, pero –igual que Díaz- eran muy buenos dictadores. “La revolución fue enteramente justa. Los gobernantes los nombraba don Porfirio, ¡ay!, del que dijera una sola palabra. Eran unos viles servidores que no hicieron absolutamente ningún bien a México; lo retardaron por siglos en su mejoramiento, y desgraciadamente sólo hasta ahora se vislumbra cierta esperanza y mejoramiento[1]. Si queda alguna duda, dejaré que sea el propio Francisco I. Madero a través del plan de San Luis el que denuncié esta situación: Las cámaras de la unión no tienen otra voluntad que la del dictador. Los gobernadores de los estados son designados por él (Porfirio Díaz) y ellos a su vez, designan e imponen de igual manera las autoridades municipales[2].

 

Algunos de los hombres favoritos de Díaz eran los siguientes: Genaro García Garza, gobernador de Nuevo León en tres ocasiones (1877-1879, 1881-1883, 1885) y Teodoro Dehesa Méndez, gobernador de Veracruz en cinco ocasiones (1892-1896, 1896-1900, 1900-1904, 1904-1908, 1908-1911).

Como ya es conocido, existía un grupo porfirista que en realidad era el “poder detrás del trono”: los científicos. Estos hombres nada más estaban esperando a que Díaz muriera o dejara la presidencia para alguno de ellos tomara la presidencia. Pero este plan fue frustrado por Madero –aunque ya existían células revolucionarias como los magonistas – al declararle la guerra a Díaz después de haber perdido las elecciones de 1910. Fue a partir de ese momento que México entró en la época de presidentes muertos, presidentes legítimos por todos lados y ejércitos “revolucionarios”.

Pero en 1910 no sólo se “eligió” presidente, sino que en algunos estados

–como Sinaloa- también hubo elecciones, y esto fue lo que pasó: “El candidato popular era el licenciado José Ferrer, viejo periodista y muy estimado en todo el estado, que había hecho una campaña muy brillante; pero el general Díaz impuso a un señor licenciado Diego Herrero, que al fin resultó gobernador de Sinaloa[3]. Sería un error decir que esto pasaba solamente en Sinaloa o en los estados del norte, esto pasaba en todo México y en todos los niveles, desde los presidentes municipales hasta la presidencia de la República.

La revolución y la “bola”

Al iniciar la revolución se alcanzaron a observar tres bandos principales: los magonistas (que pasaron casi toda la década presos), los porfiristas y los maderistas o anti-porfiristas. Sólo es el inicio de una ramificación de bandos que no paró en toda la década, de ahí el mote de “la bola”, o más bien el “todos contra todos”, o también la “revolufia”. En fin, de los porfiristas no hace falta explicar qué era lo que querían, pero los magonistas y los maderistas se merecen al menos un párrafo.

Las diferencias principales entre magonistas y maderistas son las siguientes: Los maderistas simplemente querían quitar de la presidencia a Díaz, mientras que los magonistas pensaban en suprimir la imagen de la presidencia; los maderistas buscaban un cambió político, mientras que los magonistas buscaban un cambio económico; y finalmente, los maderistas eran más bien de corte capitalista, mientras que los magonistas eran anarquistas pro-obreros.

La historia la conocemos todos y sabemos que triunfó la revolución de Madero, así que una vez en la presidencia “la bola” hizo nuevamente su aparición pues Madero tuvo que enfrentarse a la triste realidad de que, sus antaño amigos que lucharon a su lado contra la dictadura, eran ahora los levantados en armas contra él: Zapata, Orozco y Vázquez Gómez[4]. ¿Cuáles eran las razones de olvidar “esa bonita amistad” que habían cosechado en la guerra contra Porfirio? Madero se olvidó, una vez sentado en la silla presidencial, de Zapata y aún más de la existencia del Plan de Ayala, que tenía por objetivo principal el regresarles sus propiedades de tierra a los campesinos. También prefirió tener por vicepresidente a Pino Suárez, en lugar de Vázquez Gómez.

Así es que desde el inicio de su presidencia Madero se dedicó a ganar enemistades de los que eran sus compañeros de lucha y supuestas amistades de los que ahora eran sus compañeros de gobierno. Aquí cabe mencionar que Madero no realizó ningún cambio significativo en el gobierno del país, pues se rodeó de puro porfirista y uno que otro maderista. Aquí están algunos nombres de las personas que ocuparon las principales secretarías: Manuel Calero en Relaciones, Ernesto Madero en Hacienda, González Salas en Marina y Guerra, Manuel Vázquez en Justicia, Rafael Hernández en Fomento, y Miguel Díaz Lombardo en Educación, todos ellos eran porfiristas. Y por el lado de los maderistas están: Abraham González en Gobernación y Manuel Bonilla en Comunicación. Esto es la prueba fiel de que el único objetivo de Madero era sacar a Díaz de la presidencia, pero sólo sacar a Díaz, pues aquí se puede ver cómo los “científicos” eran los que seguían gobernando al país.

Para 1913 tocó el turno para la presidencia a Victoriano Huerta, quién se ganó el puesto después de haber comploteado junto con Félix Díaz y Henry Wilson (embajador de EUA en México) las muertes de Madero y Pino Suárez. Esto gracias a que nadie estaba contento con la nueva presidencia, y ahora el blanco principal era Madero. El plan original dictaba que Huerta sólo sería presidente provisional hasta nuevas elecciones, en las que resultaría <electo> el sobrino de su tío: Félix Díaz”[5]. Nuevamente aparece el juego favorito de los políticos mexicanos de aquel entonces: simular que hay elecciones mientras ellos imponían a su candidato, aunque esta nueva partida nunca se llevó a cabo pues apareció en escena un nuevo revolucionario: Venustiano Carranza.

Carranza, la constitución y los albores del sistema político mexicano actual

 

Carranza hizo su aparición al promulgarse el Plan de Guadalupe el 26 de marzo de 1913; en dicho plan Carranza desconoce a Huerta como presidente y convoca a que una vez derribado éste, el jefe del ejército constitucionalista convoque a elecciones para presidente (ésa fue la misma historia de todos los planes promulgados durante la revolución). A diferencia de Madero, Carranza tenía un verdadero plan para cambiar la política mexicana, y eso sólo se lograría creando una nueva constitución (por que la del 1857 ya estaba muy cambiada y nadie la obedecía pues cualquier gobernante la modificaba a su antojo). “Carranza pues, entró a la lucha; no para llevar a cabo la revolución, sino para re-establecer el orden legal y constitucional violado, por el cuartelazo huertista.”[6]

 

Entonces, el fin de Huerta se acercaba, pues en el norte se alzaron en armas Francisco Villa, Álvaro Obregón, Venustiano Carranza y todos los pequeños líderes que existieron en todos los estados; en el sur estaba Emiliano Zapata, acompañado también por otros líderes no tan reconocidos. Ahora el objetivo era destronar a Huerta, y cada uno de los ejércitos se acercó a la Ciudad de México con esa meta. Por si fuera poco, Huerta ya no contó con el apoyo de EUA pues esta nación comenzaba a coquetear con Carranza, así que tuvo que recurrir a Inglaterra pero de nada sirvió ya que Zapata, Obregón, Villa y Carranza se encontraban en la Ciudad de México y lograron su cometido.

¿Y qué tiene que ver Huerta con el contenido de este trabajo si no logró imponer ningún gobernador ni a Félix Díaz como presidente si eso dictaba el plan original? Pues Huerta no lo logró hacer, eso es verdad, pero los planes ahí estaban, él sólo era una liga en lo que Díaz (Félix) tomaba el poder. Además en este trabajo también se exponen los “amiguismos” que hubo en la revolución, y es conveniente recordar que la decena trágica fue apoyada por el gobierno de EUA a través de su embajada en nuestro país, y en la caída de Huerta el gobierno estadounidense le dio la espalda porque ya estaba aliado con Carranza. Así que como dice Rius de Estados Unidos: “Yo con el campeón hasta que pierda.”[7]

 

Una vez que Huerta se fue ¿quién era presidente de la República? La Cámara de diputados eligió como presidente a Francisco Carbajal, el secretario de relaciones de Huerta. Pero Carranza también era presidente pues “autodesignado <jefe del ejército constitucionalista>, ejercía como el verdadero presidente, nombrando gabinete y gobernadores”[8]. Para finales de 1913, México tenía dos presidentes, uno elegido por la cámara de diputados y otro por sí mismo, y por si fuera poco, el que se autodenominó presidente o jefe del ejército constitucionalista (por aquello del plan de Guadalupe), o sea Carranza, se daba el lujo de imponer gobernadores en los estados del país sin que nadie hubiera votado por ellos. Esa era la democracia de México a inicios de siglo.

Así que para contrarrestar el caos que gobernaba México, los cuatro ejércitos principales (Obregón, Villa, Zapata y Carranza) decidieron sentarse a platicar con tal de llegar a acuerdos. El lugar elegido fue Aguascalientes y en dicha convención se eligió a un nuevo presidente: Eulalio Gutiérrez, un villista.

Pero como en esta revolución nunca se llegaron a acuerdos, Carranza se negó a dejar la presidencia y decidió mudar su gobierno a Veracruz. Aquí aparece otra historia de traición, pues Gutiérrez, el nuevo presidente, aunque era villista no dejó que el villismo gobernará pues se enemistó con Villa y le negó ayuda a Zapata, además se pasó al lado de Obregón.

Para 1915, Gutiérrez ya no era presidente y fue elegido Roque González que trasladó su gobierno a Cuernavaca –Carranza no había dejado de ejercer su presidencia desde Veracruz-. Además, en octubre de ese año, el gobierno de Carranza fue reconocido por el gobierno de EUA como el bueno. Pero con el reconocimiento de EUA la revolución aún no se acababa pues Zapata y Villa seguían exigiendo lo mismo: la devolución de las tierras. En resumidas cuentas, Carranza y Obregón no podían contra Villa y Zapata, y cuando éstos últimos tuvieron su oportunidad en 1913 no la aprovecharon, o más bien, no los dejaron aprovecharla.

Llegó 1917 y la lucha seguía, así Carranza decidió ganarse al pueblo promulgando una nueva constitución. Sin embargo existían algunos detalles para realizarla como que “en el país no había partidos políticos. La gran mayoría de los distritos estaban gobernados por caciques o jefes militares que nadie había elegido, porfiristas en muchos casos y reaccionarios en todos”[9]. ¿Qué significaba esto?, que en el congreso constituyente no iba a haber verdaderos representantes de la población, por lo tanto saldría una constitución sin tomar en cuenta al pueblo. En pocas palabras, esa constitución sólo sería hecha por carrancistas.  Y dicho y hecho, “finalmente, los diputados constituyentes terminaron siendo escogidos por don Venus, iniciando así la era de la democracia a la mexicana, en la que el mandatario elige y el pueblo vota… por el que el mandatario quiere”[10].

La nueva constitución fue presentada el 5 de febrero de 1917 y, por lo menos en el papel, Zapata había ganado; la constitución fue considerada en su momento una de las más avanzadas en cuanto a derechos y obligaciones de campesinos y obreros, lo malo radicaba en que dicha constitución se cumpliera y que no sufriera lo mismo que su antecesora, es decir, su completa violación.

No obstante, la constitución tampoco anulaba la obvia rivalidad que existía entre Carranza y Zapata, así que este último envió una carta a su rival en marzo de 1919 en la que uno a los puntos (para este trabajo) a rescatar es el siguiente: “¿Existe entonces libre sufragio? ¡Mentira! En la mayoría, por no decir en la totalidad de los estados, LOS GOBERNADORES HAN SIDO IMPUESTOS POR EL CENTRO; en el congreso de la unión figuran como diputados y senadores criaturas del ejecutivo, y en las elecciones municipales los escándalos han rebasado los límites de lo intolerable y aun de los inverosímil”[11]. Entonces Zapata ya lo dijo, aunque Díaz ya no estaba en la presidencia, la imposición de gobernadores seguía existiendo. ¿Cuál fue la respuesta de Carranza? Matar a Zapata vía Pablo González, un fiero general al que no le temblaba la mano para asesinar por doquier.

Al parecer la revolución se acercaba a su fin pues Obregón estaba retirado en Sonora después de haber derrotado a Villa en Celaya, Villa se encontraba vagando por el país pero ya sin causar grandes escándalos, y Zapata se encontraba en su tumba, además ya existía una nueva constitución y para 1920 se elegiría presidente, la verdadera prueba de fuego para constatar que México ya era un país democrático.

Entonces fue que Carranza decidió no dejarle la presidencia a Obregón gracias a que daba muestras de que le encantaba la corrupción y el dinero mal habido. Pero

“¿No decía ya don porfis que estábamos maduros para la democracia?, ¿no acababan de hacer una constitución en la que se establecía que el pueblo elegiría a sus gobernantes? Pues sí, pero no. Carranza se pasó por el arco del triunfo la constitución, a Madero, el millón de muertos, los planes de San Luis, de Ayala y todo lo demás, y designó como su sucesor a un desconocido civil sonorense llamado Ignacio Bonillas”[12]

Entonces, al enterarse Obregón de esto surgió otro problema, y para solucionarlo se alió con Adolfo de la Huerta, el plan era asesinar a Carranza, además estuvo “en plena fiebre oratoria, se lanzó por los estados haciendo propaganda a su candidatura presidencial. Su argumentación no pecaba de confusa: <Si no consigo que me elijan como presidente, será por que no quiere don Venustiano. Pero antes de que el viejo barbón falsee las elecciones, me levantaré en armas contra él>”[13]. El objetivo se cumplió en mayo de 1920, la presidencia la tomó Adolfo de la Huerta en lo que convocaba a elecciones, en las cuales resultó electo Obregón para el periodo de 1920-1924.

¿Entonces qué pasó en México de 1910 a 1920? Mucho y nada. Mucho por que hubo más de un millón de muertos, cinco presidentes, una invasión norteamericana, más de tres planes, una nueva constitución y, sobre todo, una gran cantidad de batallas. Nada porque en 10 años de lucha la imposición de gobernantes no terminó, la lucha inició cuando Díaz se reeligió a sí mismo y terminó cuando Adolfo de la Huerta le entregó la presidencia a Obregón.

La revolución sirve para constatar que en México la política se maneja entre amiguismos y palancas, es decir, “eres mi amigo mientras me sirves, después ya no”. Se inició la lucha con dos bandos: contrarios Díaz y a favor de Díaz. Después, en contra de Madero o a favor de Madero. Posteriormente a favor de Huerta o en su contra. Y finalmente carrancistas, obregonistas, zapatistas y villistas peleándose entre sí en algunas ocasiones, aliados en otras.

Pero todo esto pasó en las “altas esferas”, mientras tanto, la población peleaba contra “el malo”, y ese era todo aquel que no pensaba como uno. Por si fuera poco, de los cinco gobiernos diferentes que hubo en la revolución, ninguno tomó en cuenta a la población, ni Madero, ni Huerta, ni Lascurain, ni González, ni Gutiérrez, y menos Carranza, ni siquiera para la realización de la nueva constitución. Así es que una lucha de diez años no sirvió para nada significativo pues los gobiernos seguían jugando a las elecciones con la gente; Obregón le pasó la estafeta a Plutarco Elías Calles (otro revolucionario), Calles a Obregón otra vez (el primer gran cambio a la constitución fue el permitir una reelección), pero mataron a éste último. Y aunque parecía que ahí acababa el juego, el PRN (después PRM y más tarde el PRI) se encargó de que el juego no terminara. Y esa es la democracia revolucionaria que México se ganó, la democracia del “dedazo”, del “amiguismo”, de las “palancas”, del nepotismo, de los asesinatos, de la imposición y del “dar atole con el dedo al pueblo”.

 

 

 

 

 

Bibliografía:

–       Blasco Ibáñez Vicente. El militarismo mexicano. Genrika. México DF. 1995. 161pp

–       Cazes Daniel. Los revolucionarios. Grijalbo. México DF. 1973. 390pp

–       Rius. La revolucioncita mexicana. Grijalbo. México DF. 13ª reimpresión. 2003. 191pp

–       Miranda Basurto Ángel. La evolución de México. Porrúa. México DF. 2004. 358pp

–       Aguilar Carmín Héctor. A la sombra de la Revolución Mexicana. Cal y Arena. 35ª edición. 2005. 318pp

–       Palacio Díaz Alejandro. Agonía y muerte de la Revolución Mexicana. Clases latinoamericanas. México DF. 1986. 183pp

–       Romero Flores Jesús. Anales históricos de la revolución. Costa-Amic. México DF. 1986.

–       CNFE. Así fue la revolución mexicana. Consejo Nacional de Fomento Educativo. México DF.

–       García Rivas Heriberto. Breve historia de la Revolución Mexicana. Diana. México DF. 246pp

 

Notas:


[1] Cazes Daniel. Los revolucionarios. Grijalbo. México DF. 1973. pp 89

[2] Miranda Basurto Ángel. La evolución de México. Porrúa. México DF. 2004. Pp 66

[3] Aguilar Carmín Héctor. A la sombra de la Revolución Mexicana. Cal y Arena. 35ª edición. 2005. pp. 356

[4] Palacio Díaz Alejandro. Agonía y muerte de la Revolución Mexicana. Clases latinoamericanas. México DF. 1986. Pp 101

[5] Rius. La revolucioncita mexicana. Grijalbo. México DF. 13va reimpresión. 2003. pp 126

[6] Idem. Pp 131

[7] Idem. Pp 135

[8] Romero Flores Jesús. Anales históricos de la revolución. Costa-Amic. México DF. 1986. Pp 149

[9] CNFE. Así fue la revolución mexicana. Consejo Nacional de Fomento Educativo. México DF. Pp 169

[10] Rius… pp 170

[11] García Rivas Heriberto. Breve historia de la Revolución Mexicana. Diana. México DF. Pp 173

[12] Rius… pp 180

[13] Blasco Ibáñez Vicente. El militarismo mexicano. Genrika. México DF. 1985. Pp 48

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