El laberinto de la soledad

Publicado: febrero 8, 2012 en Esas tareas ínfimas

Todo mexicano que se jacte de serlo debe de ser un hijo de la chingada, un ser en busca de sí mismo, de sus tradiciones, de su forma de ser, de su esencia; además, la respuesta a esto no se encuentra en su historia nacional, sino que sólo en ocasiones ésta ayuda a ese desconcierto que el mexicano vive. Necesariamente, el mexicano vive en una eterna pubertad, en la que se siente parte de algo a veces, pero en otras tantas se siente solo y sin un rumbo fijo. En suma, el mexicano debería de ser sumamente reflexivo sobre sí mismo.

El mexicano puede compararse con el norteamericano, de esa comparación pueden salir demasiadas diferencias. En los años recientes a la Segunda Guerra Mundial, surgió en Estados Unidos y en las ciudades del norte de México, un grupo que se sentía plenamente identificado con su barrio, con su ser, eran los pachucos. Los pachucos en Estados Unidos no buscaban el reconocimiento de la sociedad de ese país, sino que acentuaban sus diferencias, gritaban a los cuatro vientos que eran mexicanos de nacimiento o mexicanos por herencia sanguínea, el pachuco se sentía no sólo orgulloso de su barrio, sino que, habitando en Estados Unidos, se sentía orgulloso de ser mexicano.

El mexicano vive en una eterna pasividad, el norteamericano tiene una vida acelerada; el mexicano trabaja en la tierra y se ensucia las manos, el norteamericano trabaja en fábricas y usa guantes; el mexicano es católico y el norteamericano no lo es; esas son algunas de las diferencias del nacido en México con el nacido en Estados Unidos. Pero ambos comparten la soledad, la diferencia radica en dónde se sienten (están)  solos, el norteamericano se siente (está) solo en un paisaje artificial creado por él mismo, mientras que el mexicano se siente (está) solo en la noche a la luz de la luna y las estrellas de un ambiente natural.

Todo mexicano se fabrica máscaras con las que oculta sus verdaderos sentimientos, pero la máscara no sólo sirve para eso, también sirve para crearse un muro entre él y el mundo que lo rodea, ayuda a que la soledad del mexicano crezca. La máscara sirve para que el mexicano se aleje aún más de todo, para que se aísle. El mexicano se vuelve un actor que debe interpretar diversos papeles según lo amerite la circunstancia, pero no se debe de exceder, debe de estar conciente de que sólo interpreta un papel, el cual se acaba cuando se quita la máscara.

Por otro lado, no todos los mexicanos somos iguales, por un lado están las mujeres lamentándose por una herida que nunca les cicatrizará, y por el otro está el hombre buscando la forma de no rajarse, de no ser derrotado, de mantenerse siempre de pie, de no tener nunca aquella herida de la mujer. La mujer es elevada a términos de diosa, musa, virgen, amada, y por lo tanto no debe de hacer nada, debe ser pasiva; en el amor, la mujer debe de esperar a su príncipe azul, ella no puede acudir a él, tiene que ser como está establecido, el hombre debe ser el que seduzca a la mujer, el que la ronde, el que la cuide, el que la ame.

La fiesta es sagrada para el mexicano, tan sagrada como al santo al que se festeja. Cualquier pretexto es bueno para celebrar, se celebra en las buenas y en las malas, nos reímos de nosotros mismos, nuestra desgracia nos “la pela” porque nos burlamos de ella, de cualquier tragedia se pueden hacer chistes o bromas, el mexicano ríe para no llorar. También grita, el mexicano debe gritar todo lo que quiera en las fiestas, ese es el lugar indicado para hacerlo, después ya no se puede, el mexicano debe de gritar en las fiestas para callar todo el demás tiempo. La celebración es la unión entre los mexicanos, ahí ya no debe de importar origen, religión, gustos, colores, ahí los mexicanos se deben de hacer uniformes, las jerarquías, los lugares, las clases y el organigrama se debe de caer, la fiesta está abierta para todo mexicano que se quiera divertir.

El mexicano puede caer en la extrañeza o en la curiosidad de los extranjeros, el mexicano puede ser un buen amigo, el mexicano puede ser extremadamente sociable o demasiado antisocial. El mexicano se une y se aísla solo del grupo. Somos cambiantes, primero podemos ser los represores, los persecutores, los tiranos, y en un momento nos convertimos en el otro lado de la moneda, en el reprimido, en el perseguido, en el súbdito.

La madre es el eje del mexicano, es la mujer que sufre por los hijos, puede llegar a ser la chingada o puede ser la virgen que alivia y cuida. Todas las madres son la chingada y la virgen, es la chingada cuando no es la tuya y es la virgen cuando es la mía. Todo este juego se mueve entre lo que es mío y lo que no lo es, mientras mi madre, la virgen, no sea atacada todo va bien, cualquier mexicano se “prende” con los insultos; “hijo de la chingada” o “chinga tu madre”.

La historia puede ser un gran recurso para que el mexicano se encuentre a sí mismo, pero esto no siempre es así. Cada momento histórico de México representa algo muy diferente y quizás hasta contradictorio. La llegada de los Aztecas al Valle de Anahuac, la caída de la Gran Tenochtitlan, la creación de la Nueva España, la colonia, la independencia, las invasiones norteamericanas y francesas, la reforma, el porfiriato, la revolución, la expropiación petrolera, el 68, el terremoto del 85 y demás, todos ellos son vínculos del mexicano con su historia, pero no todos representan lo mismo, desde el nacionalismo representado por la independencia o la revolución, hasta la influencia europea del porfiriato, el mexicano no se encuentra al cien por ciento en su historia. Desde el “mexicanos al grito de guerra”, hasta el “por mi raza hablará el espíritu”, pasando por el “amor, orden y progreso”, el mexicano se siente más o menos representado en estas frases, pero no del todo.

Pero hay una buena noticia para el mexicano, a pesar de haber estado siempre atrasado en la historia universal o mundial, por fin el mexicano está al mismo nivel histórico de todos los demás, por fin el mexicano es parte de algo, el mexicano, como el alemán, el cubano, el norteamericano, el argentino y todos los demás, se siente solo, es hasta ahora que el mexicano comparte la misma historia con las demás naciones. El mexicano se siente solo, pero su soledad está acompañada por más soledad.

Bibliografía:

–          Paz Octavio. El laberinto de la soledad. Ed. FCE. México. 1972. 191pp

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